- Te quiero.
Berta pronunció estas palabras en voz baja, casi inaudible. Tenía apoyada una mejilla en el pecho de Antonio y se entretenía jugueteando con el oscuro vello que crecía en éste. Estaban tumbados en la cama, apenas cubiertos por la sábana. Berta se apretó aún más contra el costado de Antonio, besó sus pezones con alegre ansiedad, aspiró el olor algo ácido que despedía su piel tostada por el sol.
- Amor mío, cariño mío- musitó entusiasmada, presa de una súbita fiebre amorosa.
Antonio permaneció en silencio, con la mirada perdida, insensible ante los besos y las caricias.
- ¿Qué hora es? – dijo de repente.
- Es pronto todavía. No te preocupes- dijo ella. Luego se volvió y miró el viejo despertador que había en la mesilla.- Son las seis y diez- puntualizó.
- En cuanto amanezca, me marcho. Tengo que estar en Madrid al mediodía.
Berta se irguió sobre la cama. Sus labios delgados buscaron el cuello de Antonio, besaron su calva cabeza. Antonio no se había afeitado desde hacía dos días, pero a ella no le importaba el picor de su barba.
- Bésame, cielo mío, abrázame, mi amor.
Pero él la rechazó con un gesto de hastío. Se puso en pie y se acercó a la ventana. Alzó la persiana de madera lentamente y, sin asomarse apenas, echó un vistazo desde un lateral de la ventana. La luz de una farola penetro a través de la rendija e iluminó tenuemente el dormitorio.
- ¡Apártate, que te pueden ver!- gimió angustiada Berta.
- ¿Quién me va a ver a estas horas? La calle está desierta.- le contestó Antonio sin volverse.
- La gente de este pueblo es muy cotilla. Tú no sabes cómo…- dijo muy excitada Berta, cubriéndose inesperadamente con la sábana.
- A mí me da igual la gente de este maldito pueblo. Que digan lo que quieran.
- Pero a mí no me da igual, Antonio, querido. Yo vivo aquí.
Antonio regresó a la cama. Se dejó caer sobre el colchón con expresión de disgusto. Berta le abrazó con desesperación, mordió con avidez sus hombros, se restregó contra su cuerpo duro. Antonio se dio la vuelta.
- Despiértame dentro de media hora- dijo, y cerró los ojos.
Antonio había llegado al anochecer al pueblo con un camión cargado de fruta. Había aparcado a las afueras del pueblo, cerca de la gasolinera, y después de tomarse unas copas en el bar, se había dirigido, con paso lento y despreocupado, a la casa de Berta. Eran casi las doce de la noche. Cuando Berta abrió la puerta, Antonio se deslizó a través de ella como un fantasma. Berta lo recibió con una sonrisa cómplice y un beso hambriento. Antonio cenó en el comedor ante la mirada ilusionada de Berta. Luego, entraron en el dormitorio.
Cuando la claridad del alba tiñó de gris la ventana, ella lo despertó.
- Antonio, amor mío, es la hora.
Antonio saltó gruñendo de la cama. Fue al baño y se echó agua fría a la cara. Luego, comenzó a vestirse a toda velocidad. Cuando entró en la cocina, Berta le estaba preparando un café y unas galletas.
- No tengo tiempo. Desayunaré en la carretera.
- ¿Pero te vas a marchar así, con el estómago vació? Tómate al menos un café.
Antonio no dijo nada y siguió metiéndose los faldones de la camisa en el pantalón.
- Volverás el mes que viene ¿no?- le preguntó Berta.
- No tengo ni idea- respondió con desgana Antonio.- Mi socio dice que a lo mejor dejamos de transportar fruta.
Berta lo miró con un gesto de estupor. Se había puesto un camisón blanco que había heredado de su madre y parecía mucho mayor de lo que era.
- Entonces… ¿qué haremos?
- No lo sé, de verdad. Tú no te preocupes. Cuando pase por aquí, te enterarás.
- De acuerdo, mi amor- dijo ella.- Te esperaré como siempre.
Comenzó a abrocharle los botones de la camisa. Antonio miró su reloj.
- Ya es muy tarde. Me tengo que ir.
Berta lo abrazó, apretó su cabeza contra su pecho, besó una y otra vez sus mejillas, sus labios, su nariz, su frente.
Cuando Antonio cerró con cuidado la puerta de casa, Berta corrió a la ventana del dormitorio. Antonio se alejaba calle abajo bajo la luz fría y difusa del amanecer. Tenía un aire culpable, el aspecto sombrío de un cazador furtivo en plena huída. Berta alzó una mano para despedirlo, pero él no se volvió ni una sola vez. Dobló una esquina y desapareció. Sus pasos siguieron resonando unos instantes más, luego se impuso el silencio del amanecer.
Berta decidió no volver a la cama. Aún era temprano, pero podía hacer tiempo hasta las ocho e ir a misa. Entró en el cuarto de baño. Se sentía triste y vacía como cada vez que se marchaba Antonio, sin embargo aquella mañana la sensación de desamparo era mucho más profunda que en otras ocasiones. Abrió el agua fría y se frotó enérgicamente la cara para quitarse el pesado maquillaje. Después de secarse, se miró al espejo. Una gran mancha de color púrpura se extendía por su rostro desde el párpado izquierdo hasta la mejilla derecha. Berta acarició aquella piel áspera y fea que la había acompañado desde su nacimiento. De repente, se sintió llena esperanza, de amor a la vida. Sacudió la cabeza y sonrió orgullosamente.
-A él no le importa, nunca le ha importado- se dijo a sí misma en voz alta.- Volverá.
Resaca
Se despertó al mediodía. Sergio Llamazares abrió los ojos y se encontró con el azul del cielo, con el insoportable fulgor del sol, que irradiaba una luz violenta y cegadora. Cerró los ojos dolorido y el rumor de las olas lo adormiló durante unos instantes. Entonces, escuchó la voz de una niña que decía:
- Papá, ¿qué le pasa a este señor? ¿Está enfermo?
- No, hija, no.- contestó un hombre-. Lo que tiene es una borrachera que no se tiene.
Se incorporó sobresaltado. Delante de él, un hombre que llevaba de la mano a una niña de unos diez años le observaba con desconfianza. Padre e hija vestían únicamente ropa de baño y sus pies estaban manchados de arena. Sergio, todavía aturdido por el sueño, se frotó los ojos y echó un vistazo a su alrededor. Para su sorpresa, descubrió que se hallaba en la playa, a dos metros escasos de la orilla. En el agua chapoteaban decenas de bañistas, que lanzaban gritos de júbilo y jugaban con las olas. Una enorme y palpitante alfombra de cuerpos humanos cubría la arena de la playa hasta donde alcanzaba su vista. A su lado, una mujer gorda con los pechos desnudos le vigilaba desde su silla plegable. Un poco más allá, un hombre calvo y con un poblado mostacho estaba comentándole algo a su esposa.
“¿Pero que c… hago aquí?”, pensó Sergio, esforzándose en recordar los acontecimientos de la noche anterior. Evidentemente, había salido de marcha. Lo supo porque llevaba puestas sus mejores galas: su único pantalón de vestir y la camisa hawaiana, su favorita. Pero no conseguía recordar nada, excepto que la tarde anterior estaba en su pensión viendo la televisión y de pronto había decidido dar una vuelta.
Al ponerse de pie, se dio cuenta de que estaba descalzo. Buscó a su alrededor y encontró un zapato medio enterrado en la arena. El otro estaba un poco más allá., casi a los pies de la señora gorda. Lo recogió avergonzado y echó a andar alejándose de la orilla.
El sol caía de plano sobre su cabeza. Tenía el cabello lleno de arena y picores por todo el cuerpo. Cruzó la playa con el aire abatido de un soldado en plena retirada. Llegó hasta el paseo marítimo y allí se sentó en un banco. Le dolía mucho la cabeza y tenía el estómago revuelto. Vacío sus zapatos de arena y arregló sus ropas. Luego, se puso a contemplar a los jubilados que iban de un extremo a otro del paseo marítimo, exhibiendo sus piernas rosadas, sus variadas gorras promocionales y sus dentaduras postizas. Al otro lado de la calle, un grupo de ancianos se movía por la pista de un café al ritmo de un pasodoble. En los bares ingleses, servían todavía bacon, huevos fritos y alubias con salsa de tomate. Los turistas rusos curioseaban en las tiendas de recuerdos, entre las gafas de buceo y los colchones hinchables.
De repente, pensó en voz alta:
- Me muero de sed. Necesito una cerveza.
Cruzó la calle y se sentó en la terraza de un bar. Nada más dar el primer trago a su cerveza, disminuyó su dolor de cabeza. Se recostó con molicie en el asiento y cerró sus ojos para sentir con mayor intensidad el sol del mediodía. “Se está bien aquí”, pensó, y trató de recordar de nuevo lo que había sucedido la noche anterior, pero su mente seguía demasiado abotargada y le resultaba tremendamente difícil concentrarse. Tenía visiones fragmentarias, envueltas en una densa niebla gris, nada más. Recordaba, por ejemplo, una grasienta hamburguesa que había comido en un bar, una canción que había escuchado en algún sitio, el prominente culo de una chica a la que había estado observando, la cara de un camarero, pero se veía incapaz de darle un sentido a todas esas imágenes. “Olvídate de esta noche”, pensó finalmente, “Aún te quedan seis días de vacaciones. Disfrútalos. Mira qué tiempo, qué playa, qué mujeres…”
Por el paseo marítimo caminaban dos chicas rubias en bikini. Sergio las contempló con una mezcla de deseo y extraña melancolía. Al volver la vista, sus ojos se cruzaron con los de un hombre que también recorría el paseo. Era un hombre de unos treinta y tantos años, ancho y musculoso, vestido con unos bermudas y una camiseta de baloncesto. Al ver a Sergio, se quedó parado en medio del paseo, mirándole boquiabierto. Sergio frunció el ceño y se preguntó si había visto anteriormente aquel tipo raro. Entonces, la expresión de sorpresa del desconocido se transformó en un gesto de inusitada cólera.
- ¡Por fin, te encuentro, cacho c….!- gritó, echando fuego por los ojos.- Llevo toda la mañana buscándote.
El hombre cruzó la calle a toda velocidad, agarró a Sergio por el cuello y lo arrancó de su silla.
- ¡Venga!- vociferó completamente fuera de sí- ¡Dime ahora lo que me dijiste anoche!
- ¿Pero qué haces, tío? Yo no te conozco de nada. ¡Suéltame!- suplicó Sergio con voz ahogada.
Todos los clientes de la terraza contemplaban horrorizados la escena. De repente, el hombre alzó un puño y lo estrelló contra la cara de Sergio, que se tambaleó un instante como un pelele y cayó al suelo.
-¡Eso, para que aprendas un poco de educación! ¡Y esto, por mentirme!- y acto seguido, le soltó un par de patadas en las costillas.- ¡Y si te vuelvo a ver por allí, te mato!- rugió enfurecido.
Luego, ante la mirada atónita de la gente, abandonó tranquilamente el bar y desapareció por el paseo marítimo. Un camarero se inclinó sobre Sergio, que sangraba por la boca y se retorcía de dolor. Le ayudó a incorporarse y le ofreció un paño para limpiarse la sangre.
- ¿Pero qué es lo que le ha hecho a ese animal?
- No lo sé-contestó sencillamente Sergio.- No le he visto en mi p… vida.
- Déjeme acompañarle al puesto de la Cruz Roja.
- No hace falta, gracias. Me encuentro bien- mintió Sergio.
- Debería poner una denuncia- sugirió el camarero.
- Lo haré- volvió a mentir Sergio.
Sujetando el paño contra su cara, llegó hasta el borde del paseo marítimo y saltó a la arena. Apoyó su espalda contra el pretil y contempló el horizonte, la franja azul del mar, la hormigueante y bulliciosa muchedumbre que se apretujaba contra la orilla. Se sentía confuso, aturdido, como recién salido de un sueño. Sonrío al pensar en lo que acababa de sucederle. Y luego, por enésima vez, se prometió a sí mismo no volver a beber.
- Papá, ¿qué le pasa a este señor? ¿Está enfermo?
- No, hija, no.- contestó un hombre-. Lo que tiene es una borrachera que no se tiene.
Se incorporó sobresaltado. Delante de él, un hombre que llevaba de la mano a una niña de unos diez años le observaba con desconfianza. Padre e hija vestían únicamente ropa de baño y sus pies estaban manchados de arena. Sergio, todavía aturdido por el sueño, se frotó los ojos y echó un vistazo a su alrededor. Para su sorpresa, descubrió que se hallaba en la playa, a dos metros escasos de la orilla. En el agua chapoteaban decenas de bañistas, que lanzaban gritos de júbilo y jugaban con las olas. Una enorme y palpitante alfombra de cuerpos humanos cubría la arena de la playa hasta donde alcanzaba su vista. A su lado, una mujer gorda con los pechos desnudos le vigilaba desde su silla plegable. Un poco más allá, un hombre calvo y con un poblado mostacho estaba comentándole algo a su esposa.
“¿Pero que c… hago aquí?”, pensó Sergio, esforzándose en recordar los acontecimientos de la noche anterior. Evidentemente, había salido de marcha. Lo supo porque llevaba puestas sus mejores galas: su único pantalón de vestir y la camisa hawaiana, su favorita. Pero no conseguía recordar nada, excepto que la tarde anterior estaba en su pensión viendo la televisión y de pronto había decidido dar una vuelta.
Al ponerse de pie, se dio cuenta de que estaba descalzo. Buscó a su alrededor y encontró un zapato medio enterrado en la arena. El otro estaba un poco más allá., casi a los pies de la señora gorda. Lo recogió avergonzado y echó a andar alejándose de la orilla.
El sol caía de plano sobre su cabeza. Tenía el cabello lleno de arena y picores por todo el cuerpo. Cruzó la playa con el aire abatido de un soldado en plena retirada. Llegó hasta el paseo marítimo y allí se sentó en un banco. Le dolía mucho la cabeza y tenía el estómago revuelto. Vacío sus zapatos de arena y arregló sus ropas. Luego, se puso a contemplar a los jubilados que iban de un extremo a otro del paseo marítimo, exhibiendo sus piernas rosadas, sus variadas gorras promocionales y sus dentaduras postizas. Al otro lado de la calle, un grupo de ancianos se movía por la pista de un café al ritmo de un pasodoble. En los bares ingleses, servían todavía bacon, huevos fritos y alubias con salsa de tomate. Los turistas rusos curioseaban en las tiendas de recuerdos, entre las gafas de buceo y los colchones hinchables.
De repente, pensó en voz alta:
- Me muero de sed. Necesito una cerveza.
Cruzó la calle y se sentó en la terraza de un bar. Nada más dar el primer trago a su cerveza, disminuyó su dolor de cabeza. Se recostó con molicie en el asiento y cerró sus ojos para sentir con mayor intensidad el sol del mediodía. “Se está bien aquí”, pensó, y trató de recordar de nuevo lo que había sucedido la noche anterior, pero su mente seguía demasiado abotargada y le resultaba tremendamente difícil concentrarse. Tenía visiones fragmentarias, envueltas en una densa niebla gris, nada más. Recordaba, por ejemplo, una grasienta hamburguesa que había comido en un bar, una canción que había escuchado en algún sitio, el prominente culo de una chica a la que había estado observando, la cara de un camarero, pero se veía incapaz de darle un sentido a todas esas imágenes. “Olvídate de esta noche”, pensó finalmente, “Aún te quedan seis días de vacaciones. Disfrútalos. Mira qué tiempo, qué playa, qué mujeres…”
Por el paseo marítimo caminaban dos chicas rubias en bikini. Sergio las contempló con una mezcla de deseo y extraña melancolía. Al volver la vista, sus ojos se cruzaron con los de un hombre que también recorría el paseo. Era un hombre de unos treinta y tantos años, ancho y musculoso, vestido con unos bermudas y una camiseta de baloncesto. Al ver a Sergio, se quedó parado en medio del paseo, mirándole boquiabierto. Sergio frunció el ceño y se preguntó si había visto anteriormente aquel tipo raro. Entonces, la expresión de sorpresa del desconocido se transformó en un gesto de inusitada cólera.
- ¡Por fin, te encuentro, cacho c….!- gritó, echando fuego por los ojos.- Llevo toda la mañana buscándote.
El hombre cruzó la calle a toda velocidad, agarró a Sergio por el cuello y lo arrancó de su silla.
- ¡Venga!- vociferó completamente fuera de sí- ¡Dime ahora lo que me dijiste anoche!
- ¿Pero qué haces, tío? Yo no te conozco de nada. ¡Suéltame!- suplicó Sergio con voz ahogada.
Todos los clientes de la terraza contemplaban horrorizados la escena. De repente, el hombre alzó un puño y lo estrelló contra la cara de Sergio, que se tambaleó un instante como un pelele y cayó al suelo.
-¡Eso, para que aprendas un poco de educación! ¡Y esto, por mentirme!- y acto seguido, le soltó un par de patadas en las costillas.- ¡Y si te vuelvo a ver por allí, te mato!- rugió enfurecido.
Luego, ante la mirada atónita de la gente, abandonó tranquilamente el bar y desapareció por el paseo marítimo. Un camarero se inclinó sobre Sergio, que sangraba por la boca y se retorcía de dolor. Le ayudó a incorporarse y le ofreció un paño para limpiarse la sangre.
- ¿Pero qué es lo que le ha hecho a ese animal?
- No lo sé-contestó sencillamente Sergio.- No le he visto en mi p… vida.
- Déjeme acompañarle al puesto de la Cruz Roja.
- No hace falta, gracias. Me encuentro bien- mintió Sergio.
- Debería poner una denuncia- sugirió el camarero.
- Lo haré- volvió a mentir Sergio.
Sujetando el paño contra su cara, llegó hasta el borde del paseo marítimo y saltó a la arena. Apoyó su espalda contra el pretil y contempló el horizonte, la franja azul del mar, la hormigueante y bulliciosa muchedumbre que se apretujaba contra la orilla. Se sentía confuso, aturdido, como recién salido de un sueño. Sonrío al pensar en lo que acababa de sucederle. Y luego, por enésima vez, se prometió a sí mismo no volver a beber.
Brindis
Se reunieron en un pequeño y tranquilo restaurante situado en el centro de Madrid, en una calle de casas decrépitas y tascas que olían a pepinillos en vinagre. La semana anterior, Mario Caballero había leído en el periódico una crítica muy elogiosa del restaurante e inmediatamente pensó que sería el sitio ideal para reunirse con los hermanos Martínez, dueños de una conocida empresa dedicada a la elaboración de embutidos y a los que Mario pretendía convertir en los nuevos clientes de la agencia de publicidad para la que trabajaba desde hacía ocho años. Juan Martínez, el mayor de los hermanos, había declarado en una ocasión que a él lo que le iba era “la comida de verdad” y no esas naderías de nombre cursi y rimbombante que servían ahora en los restaurantes modernos. En Casa Roberto la comida era generosa, sabrosa y orgullosamente sencilla. Las carnes sangraban; los pescados sabían a mar; las legumbres venían acompañadas de sus correspondientes guindillas; los postres eran empalagosos.
Pidieron unas croquetas del tamaño de un puño, pidieron jamón y cecina, pidieron las migas tradicionales y la ensalada de pimientos asados. Y luego cada uno de los comensales, escogió un plato de los de verdad, con su correspondiente guarnición. Al descorchar la segunda botella de vino, Mario propuso un brindis: “Por la futura colaboración entre Cárnicas Martínez y SL Publicidad”. Todos entrechocaron las copas y bebieron con avidez. Mario observó satisfecho la escena. Las mejillas de los hermanos Martínez presentaban un revelador tono encarnado. Se habían aflojado el cuello de la corbata y tenían los dedos manchados de grasa. Su aspecto resultaba de lo más conmovedor. A Mario no le cabía duda de que acabaría llegando a un acuerdo para trabajar con ellos. A su derecha, Julián Sierra, Presidente y socio fundador de SL Publicidad, hacía tamborilear sus dedos sobre la mesa llena de migas de pan. Sonreía con expresión soñadora, calculando, quizá, la facturación que un cliente como Cárnicas Martínez podría suponer para la agencia.
Estaban hablando de la posibilidad de lanzar una nueva campaña de publicidad, cuando el móvil de Mario comenzó a sonar.
- ¡Dime!- contestó Mario sin disimular su malhumor.
La voz de Carmen sonó firme y serena.
- Tenemos que hablar, Mario.
- Ahora no puedo. Estoy en una comida de trabajo.- susurró enojado.- Hasta luego.
Alzó la vista sonriendo. Antonio Martínez, el menor de los hermanos, sostenía a la altura de su boca una chuleta de cordero medio roída. Julián Sierra alzó de repente su copa y propuso un nuevo brindis:
- ¡Por la amistad!
- Eso, por la amistad- aplaudió Antonio Martínez con la boca llena.
Todos vaciaron sus copas de un trago e hicieron gestos de satisfacción como si acabaran de apagar una sed de varios días. La conversación se había vuelto confusa y errática. Mario trataba de encauzarla hacia el tema del contrato, pero sus tres compañeros de mesa insistían tozudamente en hablar de fútbol y política.
De nuevo, sonó su teléfono. Esta vez, Mario se levantó y se fue hasta el bar del restaurante.
- ¿Qué c… quieres, Carmen? - gruñó-. ¿No te das cuenta de que estoy con unos clientes?
- Me voy con los niños.- contestó ella fríamente.
- ¿Cómo? ¿Qué quieres decir?- exclamó Mario, notando cómo su estómago se encogía súbitamente.- Que te vas ¿adónde?
- De momento, a casa de mi madre. Luego, ya veremos.-y luego, añadió a modo de explicación.- Mario, ya no te aguanto.
- Pero…pero…. ¿Te has vuelto loca?- dijo Mario alzando la voz.
El camarero que atendía la barra le dirigió una mirada inquisitiva. Mario agachó la cabeza, protegiendo su intimidad con las manos.
- Escucha- dijo con tono apremiante.-Espera a que vuelva del trabajo…Hablaremos como personas y todo se solucionará. Te lo prometo.
- No- dijo ella sin vacilar-. Es demasiado tarde, Mario. Ya hemos hablado demasiadas veces para nada. Lo siento, pero tengo ya las maletas metidas en un taxi. Sólo he llamado para avisarte.
- ¡Ni se te ocurra…!- comenzó a decir Mario, amenazando al aire con un puño, pero Carmen colgó y se hizo el silencio.
Marcó el móvil de Carmen, y una voz femenina le informó que el teléfono al que llamaba estaba desconectado o fuera de cobertura. Lo intentó varias veces con igual resultado. Masculló varios insultos y golpeó con la punta de su zapato la parte inferior de la barra. Esta vez el camarero le miró con ojos de pocos amigos. Unos tipos que estaban tomando cañas se volvieron y comentaron algo entre sí. Mario agachó la cabeza avergonzado. Reflexionó un instante. Consideró con calma la situación. Luego, llamó al camarero.
- Una copa de coñac. De ese mismo.- pidió.
Se bebió la copa de un trago. Luego, tras secar sus labios con la manga de su chaqueta, regresó a la mesa. Allí todo seguía tal como lo había dejado. El vino estaba a punto de terminarse. Las caras de todos los presentes mostraban un inequívoco tonillo rojo.
- La parienta, que no sabe hacer nada sin consultarme- explicó sonriendo.
El pequeño de los Martínez apoyó la cabeza en la palma de su mano, entornó los ojos y dijo con voz melancólica:
- Ah, las mujeres, todas son desesperantes, pero uno no puede vivir sin ellas.
- Qué razón tienes- aseveró su hermano mayor.
Entonces, Julián Sierra, tal vez el más ebrio de todos, se puso de pie, alzó su copa de vino y dijo aire triunfal:
- ¡Brindemos por las mujeres!
- ¡Eso, eso, por las mujeres!
- ¡Muy bien!
Mario, sin ponerse en pie, alzó su copa y, con una sonrisa triste, dijo:
- De acuerdo. ¡Por las mujeres!
Pidieron unas croquetas del tamaño de un puño, pidieron jamón y cecina, pidieron las migas tradicionales y la ensalada de pimientos asados. Y luego cada uno de los comensales, escogió un plato de los de verdad, con su correspondiente guarnición. Al descorchar la segunda botella de vino, Mario propuso un brindis: “Por la futura colaboración entre Cárnicas Martínez y SL Publicidad”. Todos entrechocaron las copas y bebieron con avidez. Mario observó satisfecho la escena. Las mejillas de los hermanos Martínez presentaban un revelador tono encarnado. Se habían aflojado el cuello de la corbata y tenían los dedos manchados de grasa. Su aspecto resultaba de lo más conmovedor. A Mario no le cabía duda de que acabaría llegando a un acuerdo para trabajar con ellos. A su derecha, Julián Sierra, Presidente y socio fundador de SL Publicidad, hacía tamborilear sus dedos sobre la mesa llena de migas de pan. Sonreía con expresión soñadora, calculando, quizá, la facturación que un cliente como Cárnicas Martínez podría suponer para la agencia.
Estaban hablando de la posibilidad de lanzar una nueva campaña de publicidad, cuando el móvil de Mario comenzó a sonar.
- ¡Dime!- contestó Mario sin disimular su malhumor.
La voz de Carmen sonó firme y serena.
- Tenemos que hablar, Mario.
- Ahora no puedo. Estoy en una comida de trabajo.- susurró enojado.- Hasta luego.
Alzó la vista sonriendo. Antonio Martínez, el menor de los hermanos, sostenía a la altura de su boca una chuleta de cordero medio roída. Julián Sierra alzó de repente su copa y propuso un nuevo brindis:
- ¡Por la amistad!
- Eso, por la amistad- aplaudió Antonio Martínez con la boca llena.
Todos vaciaron sus copas de un trago e hicieron gestos de satisfacción como si acabaran de apagar una sed de varios días. La conversación se había vuelto confusa y errática. Mario trataba de encauzarla hacia el tema del contrato, pero sus tres compañeros de mesa insistían tozudamente en hablar de fútbol y política.
De nuevo, sonó su teléfono. Esta vez, Mario se levantó y se fue hasta el bar del restaurante.
- ¿Qué c… quieres, Carmen? - gruñó-. ¿No te das cuenta de que estoy con unos clientes?
- Me voy con los niños.- contestó ella fríamente.
- ¿Cómo? ¿Qué quieres decir?- exclamó Mario, notando cómo su estómago se encogía súbitamente.- Que te vas ¿adónde?
- De momento, a casa de mi madre. Luego, ya veremos.-y luego, añadió a modo de explicación.- Mario, ya no te aguanto.
- Pero…pero…. ¿Te has vuelto loca?- dijo Mario alzando la voz.
El camarero que atendía la barra le dirigió una mirada inquisitiva. Mario agachó la cabeza, protegiendo su intimidad con las manos.
- Escucha- dijo con tono apremiante.-Espera a que vuelva del trabajo…Hablaremos como personas y todo se solucionará. Te lo prometo.
- No- dijo ella sin vacilar-. Es demasiado tarde, Mario. Ya hemos hablado demasiadas veces para nada. Lo siento, pero tengo ya las maletas metidas en un taxi. Sólo he llamado para avisarte.
- ¡Ni se te ocurra…!- comenzó a decir Mario, amenazando al aire con un puño, pero Carmen colgó y se hizo el silencio.
Marcó el móvil de Carmen, y una voz femenina le informó que el teléfono al que llamaba estaba desconectado o fuera de cobertura. Lo intentó varias veces con igual resultado. Masculló varios insultos y golpeó con la punta de su zapato la parte inferior de la barra. Esta vez el camarero le miró con ojos de pocos amigos. Unos tipos que estaban tomando cañas se volvieron y comentaron algo entre sí. Mario agachó la cabeza avergonzado. Reflexionó un instante. Consideró con calma la situación. Luego, llamó al camarero.
- Una copa de coñac. De ese mismo.- pidió.
Se bebió la copa de un trago. Luego, tras secar sus labios con la manga de su chaqueta, regresó a la mesa. Allí todo seguía tal como lo había dejado. El vino estaba a punto de terminarse. Las caras de todos los presentes mostraban un inequívoco tonillo rojo.
- La parienta, que no sabe hacer nada sin consultarme- explicó sonriendo.
El pequeño de los Martínez apoyó la cabeza en la palma de su mano, entornó los ojos y dijo con voz melancólica:
- Ah, las mujeres, todas son desesperantes, pero uno no puede vivir sin ellas.
- Qué razón tienes- aseveró su hermano mayor.
Entonces, Julián Sierra, tal vez el más ebrio de todos, se puso de pie, alzó su copa de vino y dijo aire triunfal:
- ¡Brindemos por las mujeres!
- ¡Eso, eso, por las mujeres!
- ¡Muy bien!
Mario, sin ponerse en pie, alzó su copa y, con una sonrisa triste, dijo:
- De acuerdo. ¡Por las mujeres!
En el barrio
Era una noche de verano realmente calurosa. En el interior de las casas las familias veían la televisión en ropa interior, con las luces apagadas. Los hombres apuraban una cerveza tras otra, y sus esposas agitaban el aire con abanicos comprados en los bazares chinos. Los pocos que trataban de dormir se retorcían como gusanos insomnes sobre las sábanas empapadas de sudor. Las cucarachas habían salido de sus escondrijos y compartían las aceras con algunos ancianos que habían sacado sillas a la calle y charlaban a la luz de las farolas.
Julio Zamora abandonó su casa sin molestarse en cerrar con llave, bajó las escaleras corriendo, salió a la calle y se dirigió a toda prisa al bar Granados. Llevaba la camisa desabotonada hasta el ombligo, apestaba a coñac y en su rostro se dibujaba una expresión verdaderamente patética. Sin embargo, cuando llegó a unos pasos del Granados, se detuvo un instante para abotonarse como pudo la camisa, atusarse el cabello y, haciendo un esfuerzo, adoptar un gesto que pretendía ser de indiferencia. Sólo entonces, cuando consideró que estaba más calmado, se atrevió a entrar en el bar.
- Buenas- dijo, y se acodó en la barra.
Gerardo, el dueño del bar, miraba distraído la televisión. Al notar su presencia, movió ligeramente los ojos hacia él y dijo:
- ¿Qué vas a tomar, Julio?
- Una copa de coñac- respondió, y se volvió para echar un vistazo al interior del local.
En una mesa, la más alejada de la barra, había tres hombres jugando a las cartas. Julio conocía a dos de verlos por el barrio o en el bar, pero nunca había hablado con ellos. El tercer hombre era su vecino Matías.
Julio tomó la copa y la vació de un trago. Luego, se acercó a la mesa.
-¿Dónde está?- preguntó en voz alta, clavando su mirada turbia en la espalda de su vecino.
Éste, sin darse la vuelta ni abandonar el juego, contestó con tono malhumorado:
- ¿Dónde está quién?
-No te hagas el tonto, Matías. Sabes muy bien a quién me refiero. Venga, dime dónde está Concha.
Matías se giró sobre el asiento y se le quedó mirando con gesto ceñudo.
- ¿Y por qué voy a saber yo dónde está tu mujer? Se habrá hartado de ti y se habrá largado con su madre.
- Ya he llamado a casa de mi suegra y no está allí. Dime, ¿dónde está Concha?
- Oye, si tienes problemas con tu mujer, ve a ver a un cura o un psicólogo…Pero déjanos acabar la partida tranquilos.
Julio miró implorante a los compañeros de Matías, a Gerardo, que observaba la escena desde la barra.
- ¿Y vosotros, habéis visto a Concha? ¿La habéis visto?
Todos movieron la cabeza negativamente.
- Estáis compinchados con éste.- dijo Julio con acento lastimero.
Con el aire de un hombre derrotado, dio un par de pasos hacia la salida, pero inesperadamente se abalanzó sobre la mesa y agarró a Matías por el cuello.
- ¡Dime dónde está, hijo de p…!- gritó desesperado.
El otro no tardó en zafarse de sus manos y soltarle un puñetazo en la nariz. Julio, con la cara ensangrentada, acabó en el suelo, entre las servilletas sucias y los huesos de aceituna.
Se levantó tambaleándose y buscó el apoyo de la barra. Sangraba abundantemente por la nariz. Los dos hombres que jugaban a las cartas con Matías, mantenían a éste sujeto por los brazos. La cara de su vecino se había puesto increíblemente encarnada y en sus ojos había una expresión salvaje y violenta. Todos sus músculos estaban en tensión y daba la impresión de que de un momento a otro iba a estallar en mil pedazos.
- ¡Te mato!- gritó enfurecido- ¡Cómo te pille, te mato, cacho c…..!
Julio notó que alguien tocaba su hombro. Se trataba de Gerardo, que le ofrecía un paño para contener la sangre. Se llevó el paño a la nariz, y así, con la cara medio tapada y paso vacilante, cruzó el bar y llegó hasta la puerta.
Matías seguía insultándole, pero su voz cada vez tenía menos fuerza.
Antes de desaparecer, Julio dirigió a los cuatro hombres una mirada triste, en la que ya no había rabia sino resignación.
Luego, sin apartar el paño de su cara, dijo a Matías:
- Lo vi todo aquel día. Os estabais besando en las escaleras. Por favor, dime dónde está Concha.
Julio Zamora abandonó su casa sin molestarse en cerrar con llave, bajó las escaleras corriendo, salió a la calle y se dirigió a toda prisa al bar Granados. Llevaba la camisa desabotonada hasta el ombligo, apestaba a coñac y en su rostro se dibujaba una expresión verdaderamente patética. Sin embargo, cuando llegó a unos pasos del Granados, se detuvo un instante para abotonarse como pudo la camisa, atusarse el cabello y, haciendo un esfuerzo, adoptar un gesto que pretendía ser de indiferencia. Sólo entonces, cuando consideró que estaba más calmado, se atrevió a entrar en el bar.
- Buenas- dijo, y se acodó en la barra.
Gerardo, el dueño del bar, miraba distraído la televisión. Al notar su presencia, movió ligeramente los ojos hacia él y dijo:
- ¿Qué vas a tomar, Julio?
- Una copa de coñac- respondió, y se volvió para echar un vistazo al interior del local.
En una mesa, la más alejada de la barra, había tres hombres jugando a las cartas. Julio conocía a dos de verlos por el barrio o en el bar, pero nunca había hablado con ellos. El tercer hombre era su vecino Matías.
Julio tomó la copa y la vació de un trago. Luego, se acercó a la mesa.
-¿Dónde está?- preguntó en voz alta, clavando su mirada turbia en la espalda de su vecino.
Éste, sin darse la vuelta ni abandonar el juego, contestó con tono malhumorado:
- ¿Dónde está quién?
-No te hagas el tonto, Matías. Sabes muy bien a quién me refiero. Venga, dime dónde está Concha.
Matías se giró sobre el asiento y se le quedó mirando con gesto ceñudo.
- ¿Y por qué voy a saber yo dónde está tu mujer? Se habrá hartado de ti y se habrá largado con su madre.
- Ya he llamado a casa de mi suegra y no está allí. Dime, ¿dónde está Concha?
- Oye, si tienes problemas con tu mujer, ve a ver a un cura o un psicólogo…Pero déjanos acabar la partida tranquilos.
Julio miró implorante a los compañeros de Matías, a Gerardo, que observaba la escena desde la barra.
- ¿Y vosotros, habéis visto a Concha? ¿La habéis visto?
Todos movieron la cabeza negativamente.
- Estáis compinchados con éste.- dijo Julio con acento lastimero.
Con el aire de un hombre derrotado, dio un par de pasos hacia la salida, pero inesperadamente se abalanzó sobre la mesa y agarró a Matías por el cuello.
- ¡Dime dónde está, hijo de p…!- gritó desesperado.
El otro no tardó en zafarse de sus manos y soltarle un puñetazo en la nariz. Julio, con la cara ensangrentada, acabó en el suelo, entre las servilletas sucias y los huesos de aceituna.
Se levantó tambaleándose y buscó el apoyo de la barra. Sangraba abundantemente por la nariz. Los dos hombres que jugaban a las cartas con Matías, mantenían a éste sujeto por los brazos. La cara de su vecino se había puesto increíblemente encarnada y en sus ojos había una expresión salvaje y violenta. Todos sus músculos estaban en tensión y daba la impresión de que de un momento a otro iba a estallar en mil pedazos.
- ¡Te mato!- gritó enfurecido- ¡Cómo te pille, te mato, cacho c…..!
Julio notó que alguien tocaba su hombro. Se trataba de Gerardo, que le ofrecía un paño para contener la sangre. Se llevó el paño a la nariz, y así, con la cara medio tapada y paso vacilante, cruzó el bar y llegó hasta la puerta.
Matías seguía insultándole, pero su voz cada vez tenía menos fuerza.
Antes de desaparecer, Julio dirigió a los cuatro hombres una mirada triste, en la que ya no había rabia sino resignación.
Luego, sin apartar el paño de su cara, dijo a Matías:
- Lo vi todo aquel día. Os estabais besando en las escaleras. Por favor, dime dónde está Concha.
Amores salvajes
Consuelo encendió el televisor, apretó el botón del mando y corrió a sentarse al sofá. Eran las cuatro y diez y “Amores salvajes” estaba a punto de comenzar.
Un par de anuncios y la sintonía de “Amores salvajes” empezó a sonar. Se trataba de un tema de salsa muy pegadizo que hacía que los pies de Consuelo se moviesen siguiendo el ritmo, mientras un agradable calor enrojecía sus mejillas.
Entonces, como todos los días, apareció en la pantalla el rostro apolíneo y bronceado de Ginés Alberto Urquiza, el protagonista de “Amores salvajes”.
Ginés Alberto Urquiza era realmente apuesto. Una melena leonina, negra como el carbón, enmarcaba un rostro de facciones perfectas en el que destacaban unos ojos oscuros y felinos. ¡Y qué decir de su cuerpo! Consuelo suspiraba cada vez que recordaba aquellos brazos musculosos, que se adivinaban de acero, aquel torso que parecía esculpido en mármol, aquellas piernas fuertes como columnas. Ginés Alberto era el hombre ideal, el canon de la belleza masculina, y Consuelo se había enamorado de él desde el primer momento en que había hecho su aparición en la pantalla.
Soñando con aquellos ojos de fiera, con aquella díscola melena, se olvidaba de todo. De su pisito de setenta metros cuadrados, de aquellos niños chillones que a la hora de la merienda le exigían alimento, de los apuros y las hipotecas y, sobre todo, de Andrés, ese hombre calvo y bajito que se había casado con ella hacía tantos años.
Consuelo se mordía las uñas, sudaba, temblaba, vivía la vida con más intensidad de la mano de Ginés Alberto. Sin embargo, aquella tarde no fue como las demás. Llevaba casi una hora delante del televisor y “Amores Salvajes” estaba a punto de finalizar, cuando Ginés Alberto abandonó a la pobre Rosaura y se echó en brazos de la pérfida y taimada Silvia Susana. Y todo, por ascender un poco más en la escala social venezolana.
Consuelo no daba crédito a sus ojos ni a sus oídos. ¿Cómo Ginés Alberto había sido capaz de cometer semejante canallada? Aquel acto era indigno de un galán de rompe y rasga como Ginés Alberto.
Apagó el televisor antes de que la serie terminara. Si alguien la hubiera visto, habría pensado que terminaba de recibir un telegrama con una noticia trágica. Tenía el semblante pálido y sus ojos habían perdido toda expresión. A la hora de la merienda, sus hijos tuvieron que insistir varias veces hasta lograr que Consuelo les sacara del frigorífico el tarro de Nocilla. Luego, durante el resto de la tarde actuó como una autómata. Planchó, lavó, cosió y cocinó con aire ausente, como si su mente permaneciera muy lejos de allí.
A las nueve de la noche, oyó que alguien abría la puerta. Era Andrés, que volvía del trabajo y de tomarse unas cañitas con los compañeros. Consuelo estaba friendo unos San Jacobos congelados, y su marido se acercó por detrás y la besó torpemente en el cuello. Ella siguió atendiendo al fuego y ni siquiera se volvió. Andrés insistió. Su aliento olía a cerveza y a boquerones en vinagre. Consuelo lo rechazó de un codazo, bajó el fuego y se sentó frente a la mesa de la cocina. Apoyó su cabeza en una mano y, con expresión desconsolada, comenzó a llorar.
Andrés la miró desconcertado:
-Lo siento, cariño, siento haber llegado tarde… Pero es que era el cumpleaños de Pablo y nos ha invitado a una cerveza…Bueno, a dos…
Ella siguió llorando, sin dirigirle la mirada.
-Oh, cállate- sollozó con rabia- Todos los hombres sois iguales. ¡Todos!
Un par de anuncios y la sintonía de “Amores salvajes” empezó a sonar. Se trataba de un tema de salsa muy pegadizo que hacía que los pies de Consuelo se moviesen siguiendo el ritmo, mientras un agradable calor enrojecía sus mejillas.
Entonces, como todos los días, apareció en la pantalla el rostro apolíneo y bronceado de Ginés Alberto Urquiza, el protagonista de “Amores salvajes”.
Ginés Alberto Urquiza era realmente apuesto. Una melena leonina, negra como el carbón, enmarcaba un rostro de facciones perfectas en el que destacaban unos ojos oscuros y felinos. ¡Y qué decir de su cuerpo! Consuelo suspiraba cada vez que recordaba aquellos brazos musculosos, que se adivinaban de acero, aquel torso que parecía esculpido en mármol, aquellas piernas fuertes como columnas. Ginés Alberto era el hombre ideal, el canon de la belleza masculina, y Consuelo se había enamorado de él desde el primer momento en que había hecho su aparición en la pantalla.
Soñando con aquellos ojos de fiera, con aquella díscola melena, se olvidaba de todo. De su pisito de setenta metros cuadrados, de aquellos niños chillones que a la hora de la merienda le exigían alimento, de los apuros y las hipotecas y, sobre todo, de Andrés, ese hombre calvo y bajito que se había casado con ella hacía tantos años.
Consuelo se mordía las uñas, sudaba, temblaba, vivía la vida con más intensidad de la mano de Ginés Alberto. Sin embargo, aquella tarde no fue como las demás. Llevaba casi una hora delante del televisor y “Amores Salvajes” estaba a punto de finalizar, cuando Ginés Alberto abandonó a la pobre Rosaura y se echó en brazos de la pérfida y taimada Silvia Susana. Y todo, por ascender un poco más en la escala social venezolana.
Consuelo no daba crédito a sus ojos ni a sus oídos. ¿Cómo Ginés Alberto había sido capaz de cometer semejante canallada? Aquel acto era indigno de un galán de rompe y rasga como Ginés Alberto.
Apagó el televisor antes de que la serie terminara. Si alguien la hubiera visto, habría pensado que terminaba de recibir un telegrama con una noticia trágica. Tenía el semblante pálido y sus ojos habían perdido toda expresión. A la hora de la merienda, sus hijos tuvieron que insistir varias veces hasta lograr que Consuelo les sacara del frigorífico el tarro de Nocilla. Luego, durante el resto de la tarde actuó como una autómata. Planchó, lavó, cosió y cocinó con aire ausente, como si su mente permaneciera muy lejos de allí.
A las nueve de la noche, oyó que alguien abría la puerta. Era Andrés, que volvía del trabajo y de tomarse unas cañitas con los compañeros. Consuelo estaba friendo unos San Jacobos congelados, y su marido se acercó por detrás y la besó torpemente en el cuello. Ella siguió atendiendo al fuego y ni siquiera se volvió. Andrés insistió. Su aliento olía a cerveza y a boquerones en vinagre. Consuelo lo rechazó de un codazo, bajó el fuego y se sentó frente a la mesa de la cocina. Apoyó su cabeza en una mano y, con expresión desconsolada, comenzó a llorar.
Andrés la miró desconcertado:
-Lo siento, cariño, siento haber llegado tarde… Pero es que era el cumpleaños de Pablo y nos ha invitado a una cerveza…Bueno, a dos…
Ella siguió llorando, sin dirigirle la mirada.
-Oh, cállate- sollozó con rabia- Todos los hombres sois iguales. ¡Todos!
Fin de trayecto
Poco antes de las nueve, el tren llegó a la ciudad y se dirigió a la estación de Atocha. Manuel Quintero se asomó a la ventanilla y contempló, no sin cierta nostalgia, el descampado que se extendía más allá de las vías. La ciudad mostraba su cara más fea y gris. Ni siquiera el sol veraniego conseguía imprimir algo de vida a aquel desangelado paisaje. Bajo un cielo azul y brillante, las chabolas seguían siendo chabolas y los coches abandonados y saqueados parecían restos de animales muertos, empeñados en resistir el paso del tiempo.
Manuel Quintero había viajado toda la noche en un compartimiento con literas, pero apenas había podido dormir. Le dolía la espalda y tenía la boca seca. Dos semicírculos violáceos adornaban sus párpados. Sus compañeros de compartimiento- una pareja ya entrada en años y un muchacho magrebí que apenas hablaba español- le observaban con cierta aprensión. Manuel se había pasado toda la noche entrando y saliendo del compartimiento y musitando frases ininteligibles el poco tiempo que había permanecido dormido.
Se levantó y abandonó por enésima vez el compartimiento, ante la mirada inquisitiva de sus compañeros de viaje. Avanzó pesadamente por el pasillo, recorrió varios vagones y llegó por fin al vagón que hacía las veces de cafetería.
Una sonrisa animó su rostro grisáceo.
El hombre con el que había hablado varias veces durante la noche-otro insomne como él- estaba allí, acodado en un extremo de la barra. Una de sus manos sostenía un humeante café y la otra, un cigarrillo aún sin encender.
Manuel le saludó con un gesto y el otro le correspondió con una sonrisa.
-¿Qué? ¿Consiguió dormir algo?
-¡Qué va! -respondió Manuel- No he dormido ni media hora. No soporto el traqueteo del tren.
-A mí me pasa lo mismo. Bueno, parece que estamos llegando.
-Eso parece.
-¿Le espera alguien?- preguntó el otro con tono indiferente.
-Sí, me espera mi mujer. Vamos, eso creo. Porque con las mujeres nunca se sabe- se esforzó en bromear.
-Tiene razón. A mí me espera toda la familia…Se acabó la libertad.
Rieron juntos. Fumaron un cigarro. Luego, Manuel Quintero sacó una petaca con coñac y se la ofreció al hombre, que, muy simpático, echó un chorrito a su café. Bebieron en silencio, con la expresión de dos hombres que asisten a una ceremonia solemne, reservada solamente para unos pocos.
Estaban apurando la petaca, cuando el tren se detuvo en Atocha.
-Ha sido un placer conocerle-se apresuró a decir Manuel.
-El placer ha sido mío- le contestó el otro.
-Voy a por mi maleta. Nos vemos en el andén.
Manuel y el otro hombre salieron de la cafetería cada uno por un lado. Cuando Manuel llegó a su compartimiento lo encontró vacío. Tomó su maleta y salió a un pasillo atestado de personas que pugnaban por abandonar el vagón.
Tardó un buen rato un poner el pie en el andén, y cuando lo hizo tuvo la sensación de que aquel viaje había sido tan sólo un sueño, no del todo desagradable, y de que ahora había regresado por fin a la realidad de todos los días.
Los viajeros continuaban saliendo de los vagones. Había mucha gente esperando la llegada de sus familiares y amigos. Manuel echó una mirada en derredor y descubrió al hombre con el que diez minutos antes había estado compartiendo su coñac. Una mujer le estaba besando. Dos niños permanecían abrazados a sus piernas. Decidió no decirle nada.
Manuel Quintero se quedó esperando junto a su maleta.
Miró su reloj. Faltaban veinticinco minutos para las diez. El tren había llegado a su hora y Elena era una de las personas más puntuales que había conocido nunca. La conversación telefónica de la noche anterior había sido realmente breve, pero muy intensa. Apenas quedaban viajeros en el andén. Sus risas y sus gritos se oían cada vez más lejos. Volvió a mirar su reloj. Tal vez se encontrase en un atasco. O se hubiera decidido a venir en el último momento.
De repente, divisó una figura femenina al final del andén. Corrió ilusionado, pero a la mitad del camino se dio cuenta de que no se trataba de Elena. Entonces, encendió un cigarrillo y decidió que lo mejor que podía hacer era buscar un bar para seguir emborrachándose.
Manuel Quintero había viajado toda la noche en un compartimiento con literas, pero apenas había podido dormir. Le dolía la espalda y tenía la boca seca. Dos semicírculos violáceos adornaban sus párpados. Sus compañeros de compartimiento- una pareja ya entrada en años y un muchacho magrebí que apenas hablaba español- le observaban con cierta aprensión. Manuel se había pasado toda la noche entrando y saliendo del compartimiento y musitando frases ininteligibles el poco tiempo que había permanecido dormido.
Se levantó y abandonó por enésima vez el compartimiento, ante la mirada inquisitiva de sus compañeros de viaje. Avanzó pesadamente por el pasillo, recorrió varios vagones y llegó por fin al vagón que hacía las veces de cafetería.
Una sonrisa animó su rostro grisáceo.
El hombre con el que había hablado varias veces durante la noche-otro insomne como él- estaba allí, acodado en un extremo de la barra. Una de sus manos sostenía un humeante café y la otra, un cigarrillo aún sin encender.
Manuel le saludó con un gesto y el otro le correspondió con una sonrisa.
-¿Qué? ¿Consiguió dormir algo?
-¡Qué va! -respondió Manuel- No he dormido ni media hora. No soporto el traqueteo del tren.
-A mí me pasa lo mismo. Bueno, parece que estamos llegando.
-Eso parece.
-¿Le espera alguien?- preguntó el otro con tono indiferente.
-Sí, me espera mi mujer. Vamos, eso creo. Porque con las mujeres nunca se sabe- se esforzó en bromear.
-Tiene razón. A mí me espera toda la familia…Se acabó la libertad.
Rieron juntos. Fumaron un cigarro. Luego, Manuel Quintero sacó una petaca con coñac y se la ofreció al hombre, que, muy simpático, echó un chorrito a su café. Bebieron en silencio, con la expresión de dos hombres que asisten a una ceremonia solemne, reservada solamente para unos pocos.
Estaban apurando la petaca, cuando el tren se detuvo en Atocha.
-Ha sido un placer conocerle-se apresuró a decir Manuel.
-El placer ha sido mío- le contestó el otro.
-Voy a por mi maleta. Nos vemos en el andén.
Manuel y el otro hombre salieron de la cafetería cada uno por un lado. Cuando Manuel llegó a su compartimiento lo encontró vacío. Tomó su maleta y salió a un pasillo atestado de personas que pugnaban por abandonar el vagón.
Tardó un buen rato un poner el pie en el andén, y cuando lo hizo tuvo la sensación de que aquel viaje había sido tan sólo un sueño, no del todo desagradable, y de que ahora había regresado por fin a la realidad de todos los días.
Los viajeros continuaban saliendo de los vagones. Había mucha gente esperando la llegada de sus familiares y amigos. Manuel echó una mirada en derredor y descubrió al hombre con el que diez minutos antes había estado compartiendo su coñac. Una mujer le estaba besando. Dos niños permanecían abrazados a sus piernas. Decidió no decirle nada.
Manuel Quintero se quedó esperando junto a su maleta.
Miró su reloj. Faltaban veinticinco minutos para las diez. El tren había llegado a su hora y Elena era una de las personas más puntuales que había conocido nunca. La conversación telefónica de la noche anterior había sido realmente breve, pero muy intensa. Apenas quedaban viajeros en el andén. Sus risas y sus gritos se oían cada vez más lejos. Volvió a mirar su reloj. Tal vez se encontrase en un atasco. O se hubiera decidido a venir en el último momento.
De repente, divisó una figura femenina al final del andén. Corrió ilusionado, pero a la mitad del camino se dio cuenta de que no se trataba de Elena. Entonces, encendió un cigarrillo y decidió que lo mejor que podía hacer era buscar un bar para seguir emborrachándose.
Cambio de vida
-Hoy voy a cambiar de vida.
Después de pronunciar esta frase, Bruno Castellón se acercó al espejo y contempló su rostro delgado y amarillento. Tenía barba de varios días y el pelo revuelto y estropajoso. Al sacar la lengua, vio que ésta estaba cubierta por una sustancia blancuzca. Le olía muy mal el aliento. Tiró de sus párpados hacia abajo y examinó las manchas grises que habían aparecido en sus globos oculares.
Su aspecto era realmente lamentable, pero aún así, se sentía pletórico y lleno de energía.
-Definitivamente, hoy voy a cambiar de vida.
Tosió varias veces. Se rascó una axila. Le dolía la cabeza y tenía la boca seca, como si alguien hubiera arrojado un puñado de arena dentro de ella.
Decidió que para comenzar su nueva vida, lo mejor que podía hacer era afeitarse, ducharse y ponerse ropa nueva. Una alegre sonrisa animó su semblante, una sonrisa infantil y algo ingenua.
Se afeitó torpemente, pero se le olvidó ducharse. Sacó del armario el único traje que poseía, y al rebuscar en sus bolsillos encontró casualmente una fotito de Patricia. Era una de esas fotos que se hacen en el fotomatón para el carné, y mostraba a una Patricia sonriente, abrigada con un gorro de lana y una gran bufanda, ambas prendas de color blanco.
Miró la foto con fijeza y sus cansados ojos se humedecieron. Pero no tardó ni un instante en apretar los labios y obligarse a sonreír.
-Voy a recuperarte, Patri- dijo con expresión grave, dirigiéndose a la foto como si la imagen tuviera vida,- Y voy a hacerlo hoy. No voy a esperar más.
Se ajustó la corbata y abrochó con fuerza los cordones de sus zapatos.
Antes de salir, echó un vistazo al despertador que tenía colocado sobre el frigorífico. Era casi la una. La hora ideal para buscar a Patricia. Tomaría el metro en Sol, se bajaría en Nuevos Ministerios y caminaría hasta el portal del edificio de su oficina. La esperaría fumando un cigarrillo tras otro, nervioso pero seguro de lo que tenía que hacer.
Bruno Castellón bajó las escaleras silbando, sin fijarse como otras veces en lo sucias que estaban las paredes y lo desgastados que estaban los escalones, sin percibir el olor a repollo cocido que flotaba en el ambiente. Bruno Castellón vivía en la antigua casa de su abuela, en un barrio de viejos edificios habitado por ancianos asustadizos.
Salió a la calle y sus oídos se llenaron de ruido, del claxon de los automóviles y de los gritos de la gente. Era uno de los últimos días de verano. El sol calentaba alegremente la acera. El cielo brillaba por encima de las casas sucias y ruinosas.
Se dirigió a la Puerta del Sol con paso presuroso, pero al doblar la esquina escuchó un crujido en su estómago.
-No he desayunado todavía. Me convendría tomar un café para despejarme.
Había un bar en el que le conocían de toda la vida. Entró en él casi sin darse cuenta, como si fuera una habitación más de su casa.
-Manolo, ponme un café.
Y luego añadió, porque pensó que necesitaría algo de valor para decirle a Patricia cuánto la necesitaba:
-Y un coñac doble. El de siempre.
Al otro lado de la barra, el camarero le sonrío con aire familiar y dijo:
-¿Qué? ¿Hoy también vas a cambiar de vida?
Y directamente, le sirvió una copa de coñac.
Después de pronunciar esta frase, Bruno Castellón se acercó al espejo y contempló su rostro delgado y amarillento. Tenía barba de varios días y el pelo revuelto y estropajoso. Al sacar la lengua, vio que ésta estaba cubierta por una sustancia blancuzca. Le olía muy mal el aliento. Tiró de sus párpados hacia abajo y examinó las manchas grises que habían aparecido en sus globos oculares.
Su aspecto era realmente lamentable, pero aún así, se sentía pletórico y lleno de energía.
-Definitivamente, hoy voy a cambiar de vida.
Tosió varias veces. Se rascó una axila. Le dolía la cabeza y tenía la boca seca, como si alguien hubiera arrojado un puñado de arena dentro de ella.
Decidió que para comenzar su nueva vida, lo mejor que podía hacer era afeitarse, ducharse y ponerse ropa nueva. Una alegre sonrisa animó su semblante, una sonrisa infantil y algo ingenua.
Se afeitó torpemente, pero se le olvidó ducharse. Sacó del armario el único traje que poseía, y al rebuscar en sus bolsillos encontró casualmente una fotito de Patricia. Era una de esas fotos que se hacen en el fotomatón para el carné, y mostraba a una Patricia sonriente, abrigada con un gorro de lana y una gran bufanda, ambas prendas de color blanco.
Miró la foto con fijeza y sus cansados ojos se humedecieron. Pero no tardó ni un instante en apretar los labios y obligarse a sonreír.
-Voy a recuperarte, Patri- dijo con expresión grave, dirigiéndose a la foto como si la imagen tuviera vida,- Y voy a hacerlo hoy. No voy a esperar más.
Se ajustó la corbata y abrochó con fuerza los cordones de sus zapatos.
Antes de salir, echó un vistazo al despertador que tenía colocado sobre el frigorífico. Era casi la una. La hora ideal para buscar a Patricia. Tomaría el metro en Sol, se bajaría en Nuevos Ministerios y caminaría hasta el portal del edificio de su oficina. La esperaría fumando un cigarrillo tras otro, nervioso pero seguro de lo que tenía que hacer.
Bruno Castellón bajó las escaleras silbando, sin fijarse como otras veces en lo sucias que estaban las paredes y lo desgastados que estaban los escalones, sin percibir el olor a repollo cocido que flotaba en el ambiente. Bruno Castellón vivía en la antigua casa de su abuela, en un barrio de viejos edificios habitado por ancianos asustadizos.
Salió a la calle y sus oídos se llenaron de ruido, del claxon de los automóviles y de los gritos de la gente. Era uno de los últimos días de verano. El sol calentaba alegremente la acera. El cielo brillaba por encima de las casas sucias y ruinosas.
Se dirigió a la Puerta del Sol con paso presuroso, pero al doblar la esquina escuchó un crujido en su estómago.
-No he desayunado todavía. Me convendría tomar un café para despejarme.
Había un bar en el que le conocían de toda la vida. Entró en él casi sin darse cuenta, como si fuera una habitación más de su casa.
-Manolo, ponme un café.
Y luego añadió, porque pensó que necesitaría algo de valor para decirle a Patricia cuánto la necesitaba:
-Y un coñac doble. El de siempre.
Al otro lado de la barra, el camarero le sonrío con aire familiar y dijo:
-¿Qué? ¿Hoy también vas a cambiar de vida?
Y directamente, le sirvió una copa de coñac.
La habitación de Paula
Dionisio alzó sus huesudas y delgadas manos sobre el teclado de su vieja máquina de escribir. Permaneció así unos instantes, como un director de orquesta que se dispone a marcar el primer tiempo de un compás; luego, bajó las manos y escribió rápidamente lo siguiente:
“La habitación de Paula”
Y un poco más abajo:
Acto I
Colocó las puntas de sus dedos sobre las teclas y esperó, muy estirado en su silla, a que las palabras afluyesen a su mente. Pero las palabras no llegaron. No habían llegado en toda la mañana, desde que tomara asiento frente a la máquina de escribir con el gesto solemne de alguien que se prepara para celebrar una ceremonia importante, y parecía poco probable que llegaran ahora, que se acercaba la hora de comer. Las palabras habían decidido quedarse en su limbo particular y se negaban a bajar a la Tierra, hasta aquel apartamento alquilado donde Dionisio y Elena vivían. Bajo la mesa, junto a sus largas piernas, había una papelera llena de folios arrugados con rabia. Todos contenían las mismas palabras: “La habitación de Paula”, Acto I.
Elena, que durante toda la mañana había permanecido en silencio, se acercó a la mesa de su marido y dijo:
- Dionisio, la comida está ya lista. Venga, vamos a comer.
Dionisio no le hizo el menor caso. Siguió con los ojos clavados en aquel folio encajado en el rodillo de su máquina. De repente, lo arrancó con inusitada cólera, lo arrugó con una sola mano y lo arrojó a la papelera.
-¿Te quieres estar callada? – gritó con gesto desagradable, mientras sus pequeños ojos brillaban enfurecidos- Me has cortado la inspiración.
- Lo siento, lo siento- se apresuró a disculparse Elena. Era una mujer pequeña, de nariz rojiza, sobre la que llevaba unas gafas de gruesos cristales, un poco más gruesos nada más que los de las gafas de su marido.
Se habían casado tarde y mal. Él la quería poco; ella no ignoraba que Dionisio era su última oportunidad, el último vagón del último tren que iba a pasar por su vida.
Comieron sin decirse nada. Con expresión ceñuda, Dionisio andaba perdido en sus rumiaciones. De vez en cuando, soltaba una palabra o una frase inconexa.
-Paula…Paula…Paula murió de niña….O se ha vuelto loca…. No, mejor se ha muerto… Arturo es un hombre fuerte…y va un día y se lo dice a su mujer…No, eso no tiene sentido…
Elena le escuchaba con rostro cabizbajo, sin atreverse a interrumpirle. Sentía un gran respeto por aquel hombre, por sus sueños, por sus obras de teatro inconclusas, por sus folios en blanco. Su amor por Dionisio, por todo lo suyo, era ingenuo, infantil, sin ambages. A veces se portaba como un perrillo al que rechazan con gesto agrio, pero que insiste en lamer tozudamente la mano de su amo.
Nada más terminar de comer, Dionisio se puso en pie y anunció que se marchaba al bar a tomar café. Elena lo miró sorprendida, a pesar de que todas tardes Dionisio bajaba al bar.
-¿Pero me vas a dejar otra vez sola? ¿Por qué no te lo tomas aquí, conmigo?
-Necesito respirar aire nuevo, ver otras caras- contestó Dionisio con tono irritado- Aquí no consigo inspirarme. Me aburro, ¿lo entiendes?, me aburro como una ostra.
Y desanudándose la servilleta del cuello, cruzó el comedor rápidamente, abrió la puerta de la calle y se marchó dando un portazo.
-¡Pero Dionisio…!- se lamentó ella, sin acabar de creérselo.
Luego, recogió la mesa y encendió la televisión.
Dos horas más tarde oyó como alguien abría la puerta con dificultad. Era Dionisio, que apareció en el comedor dando traspiés y con el semblante colorado de rabia y carajillos.
- Paula no ha muerto…Está en su habitación….Sólo tienes que subir a verla….
Elena le dejó pasar aterrorizada, en silencio, como el capitán de un barco que en la noche contempla como su barco se desliza junto a un gigantesco iceberg.
Dionisio tomó asiento frente a su máquina de escribir, colocó en el rodillo una nueva hoja y alzó sus dedos sobre el teclado.
-Tu hija no está muerta… Arturo tiene razón… Es Matilde quien ha enloquecido…
Dionisio tecleó unas palabras, las mismas de siempre:
“La habitación de Paula”
Acto I
Durante unos instantes, permaneció en silencio, aguardando la llegada de la inspiración. Luego, soltó un gemido, arrancó el folio de la máquina, lo arrugó y lo arrojó con todas sus fuerzas a la cara de su mujer.
-¡Tú me cortas la inspiración! ¡Estás echando a perder mi carrera!
Se puso en pie y corrió a buscar su chaqueta.
-Me bajo al bar… Aquí no hay quien trabaje...
Elena le dejo marchar. También Paula.
“La habitación de Paula”
Y un poco más abajo:
Acto I
Colocó las puntas de sus dedos sobre las teclas y esperó, muy estirado en su silla, a que las palabras afluyesen a su mente. Pero las palabras no llegaron. No habían llegado en toda la mañana, desde que tomara asiento frente a la máquina de escribir con el gesto solemne de alguien que se prepara para celebrar una ceremonia importante, y parecía poco probable que llegaran ahora, que se acercaba la hora de comer. Las palabras habían decidido quedarse en su limbo particular y se negaban a bajar a la Tierra, hasta aquel apartamento alquilado donde Dionisio y Elena vivían. Bajo la mesa, junto a sus largas piernas, había una papelera llena de folios arrugados con rabia. Todos contenían las mismas palabras: “La habitación de Paula”, Acto I.
Elena, que durante toda la mañana había permanecido en silencio, se acercó a la mesa de su marido y dijo:
- Dionisio, la comida está ya lista. Venga, vamos a comer.
Dionisio no le hizo el menor caso. Siguió con los ojos clavados en aquel folio encajado en el rodillo de su máquina. De repente, lo arrancó con inusitada cólera, lo arrugó con una sola mano y lo arrojó a la papelera.
-¿Te quieres estar callada? – gritó con gesto desagradable, mientras sus pequeños ojos brillaban enfurecidos- Me has cortado la inspiración.
- Lo siento, lo siento- se apresuró a disculparse Elena. Era una mujer pequeña, de nariz rojiza, sobre la que llevaba unas gafas de gruesos cristales, un poco más gruesos nada más que los de las gafas de su marido.
Se habían casado tarde y mal. Él la quería poco; ella no ignoraba que Dionisio era su última oportunidad, el último vagón del último tren que iba a pasar por su vida.
Comieron sin decirse nada. Con expresión ceñuda, Dionisio andaba perdido en sus rumiaciones. De vez en cuando, soltaba una palabra o una frase inconexa.
-Paula…Paula…Paula murió de niña….O se ha vuelto loca…. No, mejor se ha muerto… Arturo es un hombre fuerte…y va un día y se lo dice a su mujer…No, eso no tiene sentido…
Elena le escuchaba con rostro cabizbajo, sin atreverse a interrumpirle. Sentía un gran respeto por aquel hombre, por sus sueños, por sus obras de teatro inconclusas, por sus folios en blanco. Su amor por Dionisio, por todo lo suyo, era ingenuo, infantil, sin ambages. A veces se portaba como un perrillo al que rechazan con gesto agrio, pero que insiste en lamer tozudamente la mano de su amo.
Nada más terminar de comer, Dionisio se puso en pie y anunció que se marchaba al bar a tomar café. Elena lo miró sorprendida, a pesar de que todas tardes Dionisio bajaba al bar.
-¿Pero me vas a dejar otra vez sola? ¿Por qué no te lo tomas aquí, conmigo?
-Necesito respirar aire nuevo, ver otras caras- contestó Dionisio con tono irritado- Aquí no consigo inspirarme. Me aburro, ¿lo entiendes?, me aburro como una ostra.
Y desanudándose la servilleta del cuello, cruzó el comedor rápidamente, abrió la puerta de la calle y se marchó dando un portazo.
-¡Pero Dionisio…!- se lamentó ella, sin acabar de creérselo.
Luego, recogió la mesa y encendió la televisión.
Dos horas más tarde oyó como alguien abría la puerta con dificultad. Era Dionisio, que apareció en el comedor dando traspiés y con el semblante colorado de rabia y carajillos.
- Paula no ha muerto…Está en su habitación….Sólo tienes que subir a verla….
Elena le dejó pasar aterrorizada, en silencio, como el capitán de un barco que en la noche contempla como su barco se desliza junto a un gigantesco iceberg.
Dionisio tomó asiento frente a su máquina de escribir, colocó en el rodillo una nueva hoja y alzó sus dedos sobre el teclado.
-Tu hija no está muerta… Arturo tiene razón… Es Matilde quien ha enloquecido…
Dionisio tecleó unas palabras, las mismas de siempre:
“La habitación de Paula”
Acto I
Durante unos instantes, permaneció en silencio, aguardando la llegada de la inspiración. Luego, soltó un gemido, arrancó el folio de la máquina, lo arrugó y lo arrojó con todas sus fuerzas a la cara de su mujer.
-¡Tú me cortas la inspiración! ¡Estás echando a perder mi carrera!
Se puso en pie y corrió a buscar su chaqueta.
-Me bajo al bar… Aquí no hay quien trabaje...
Elena le dejo marchar. También Paula.
Ella
Habían alquilado una habitación en un hotelito situado cerca del puerto. Desde el balcón, adornado con plantas y flores, se podía contemplar la curva azul del horizonte, y por las tardes se escuchaban los chillidos de las gaviotas, anunciando la llegada al puerto de los barcos de pesca.
Antonio y Susana se levantaban tarde, bajaban a desayunar café solo, volvían a la habitación y se pasaban la mayor parte del día observando el bullicioso ajetreo del puerto.
El primer día habían comprado una botella de Martini blanco; el segundo día, una de ginebra, y ahora las botellas y los vasos sucios se acumulaban en la mesita del balcón, como los restos de una fiesta multitudinaria.
Dormían en la misma cama, pero hacía meses que un gélido muro se extendía entre ambos. La primera noche habían tratado de reinventar el deseo, pero el pasado se había impuesto a su débil voluntad con su carga de reproches. Los besos les sabían a café frío. Se acariciaban sin entusiasmo, como recordando una vieja costumbre casi olvidada. Antonio y Susana se esforzaban en salvar los restos de su matrimonio, pero ni las bonitas puestas de sol ni el olor a salitre que impregnaba el aire de la tarde conseguían hacerles olvidar todo lo que se habían hecho el uno al otro.
Un día, a última hora de la tarde, bajaron a dar un paseo por la playa, huyendo del silencio y la desidia. Habían bebido el suficiente número de Martinis con ginebra para soportarse mutuamente y la melancólica belleza del paisaje hizo que cada uno se perdiese en sus propias ensoñaciones. Caminaban de la mano- aún conservaban esa costumbre arcaica-, pero por dos mundos muy distintos y separados entre sí. Los últimos bañistas de la tarde recogían sus toallas y sombrillas, mientras el aire se volvía gris y las olas barrían los últimos castillos de arena.
En cierto momento, Antonio se detuvo, tomó un canto del suelo y, lanzándolo con fuerza, lo hizo brincar sobre las aguas verdes. Más tarde fue Susana la que se detuvo para recoger una caracola de la arena, llevársela al oído y escuchar con expresión infantil, la música que procedía de su interior. Cuando el sol comenzó a ocultarse y el horizonte se fue enrojeciendo, se sentaron en un montículo y dejaron que su mirada se perdiese en la lejanía. Llevaban andando más de una hora y el pueblecito pesquero en el que se había alojado aquel verano triste, había empequeñecido hasta transformarse en un borroso montón de casitas blancas del tamaño de una caja de cerillas.
Fue entonces cuando Susana advirtió aquel peculiar brillo en los ojos de su marido, un brillo que ya había visto en otras ocasiones y cuyo significado conocía perfectamente. Antonio permanecía a su lado, sentado en la arena, pero se encontraba muy lejos de allí.
Susana comenzó a llorar en silencio: Transcurrieron unos minutos antes de que Antonio se diera cuenta de ello.
-¿Qué te pasa? - preguntó con una voz que expresaba una enorme pena por ambos.
- Estabas pensando en ella- afirmó Susana, entre sollozos, mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas.
-Sí, es verdad-reconoció Antonio.- Estaba pensando en ella.-Y luego mintió- : Pero te prometo que hago todo lo posible para olvidarla.
Antonio y Susana se levantaban tarde, bajaban a desayunar café solo, volvían a la habitación y se pasaban la mayor parte del día observando el bullicioso ajetreo del puerto.
El primer día habían comprado una botella de Martini blanco; el segundo día, una de ginebra, y ahora las botellas y los vasos sucios se acumulaban en la mesita del balcón, como los restos de una fiesta multitudinaria.
Dormían en la misma cama, pero hacía meses que un gélido muro se extendía entre ambos. La primera noche habían tratado de reinventar el deseo, pero el pasado se había impuesto a su débil voluntad con su carga de reproches. Los besos les sabían a café frío. Se acariciaban sin entusiasmo, como recordando una vieja costumbre casi olvidada. Antonio y Susana se esforzaban en salvar los restos de su matrimonio, pero ni las bonitas puestas de sol ni el olor a salitre que impregnaba el aire de la tarde conseguían hacerles olvidar todo lo que se habían hecho el uno al otro.
Un día, a última hora de la tarde, bajaron a dar un paseo por la playa, huyendo del silencio y la desidia. Habían bebido el suficiente número de Martinis con ginebra para soportarse mutuamente y la melancólica belleza del paisaje hizo que cada uno se perdiese en sus propias ensoñaciones. Caminaban de la mano- aún conservaban esa costumbre arcaica-, pero por dos mundos muy distintos y separados entre sí. Los últimos bañistas de la tarde recogían sus toallas y sombrillas, mientras el aire se volvía gris y las olas barrían los últimos castillos de arena.
En cierto momento, Antonio se detuvo, tomó un canto del suelo y, lanzándolo con fuerza, lo hizo brincar sobre las aguas verdes. Más tarde fue Susana la que se detuvo para recoger una caracola de la arena, llevársela al oído y escuchar con expresión infantil, la música que procedía de su interior. Cuando el sol comenzó a ocultarse y el horizonte se fue enrojeciendo, se sentaron en un montículo y dejaron que su mirada se perdiese en la lejanía. Llevaban andando más de una hora y el pueblecito pesquero en el que se había alojado aquel verano triste, había empequeñecido hasta transformarse en un borroso montón de casitas blancas del tamaño de una caja de cerillas.
Fue entonces cuando Susana advirtió aquel peculiar brillo en los ojos de su marido, un brillo que ya había visto en otras ocasiones y cuyo significado conocía perfectamente. Antonio permanecía a su lado, sentado en la arena, pero se encontraba muy lejos de allí.
Susana comenzó a llorar en silencio: Transcurrieron unos minutos antes de que Antonio se diera cuenta de ello.
-¿Qué te pasa? - preguntó con una voz que expresaba una enorme pena por ambos.
- Estabas pensando en ella- afirmó Susana, entre sollozos, mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas.
-Sí, es verdad-reconoció Antonio.- Estaba pensando en ella.-Y luego mintió- : Pero te prometo que hago todo lo posible para olvidarla.
La llamada
Ring, ring.
El teléfono sonó en mitad de la tarde. Era verano. Las ventanas estaban cerradas y las cortinas echadas. La habitación estaba sumida en una suave penumbra que invitaba al sueño.
Ring, ring.
El hombre que dormitaba en el sofá emitió un gruñido. Estaba descalzo y llevaba una camiseta sin mangas. Bostezando, se rascó una axila con molicie y, haciendo un esfuerzo, se puso en pie.
Una de sus peludas manazas arrancó el auricular del teléfono.
- Diga- dijo con voz bronca.
- Buenas tardes- dijo la voz de un joven con tono muy educado. - ¿Está Julia?
El hombre frunció el ceño y adoptó un gesto adusto y severo. Durante unos segundos, permaneció en silencio. Luego, con voz impersonal, dijo:
- Un momento. ¿De parte de?
- Roberto. Dígale que soy Roberto.
El hombre sonrió satisfecho. En su semblante apareció una expresión brutal y un tanto enigmática.
Apartó el auricular de su boca, aguardó un minuto en completo silencio y volvió a ponerse al teléfono.
- Julia dice que no quiere ponerse- anunció con aire triunfal.
- ¿Cómo? No es posible-dijo con tono incrédulo la voz del joven.
- Oye- dijo ofendido el hombre-, ¿no me estarás llamando mentiroso?
- No, no es eso, perdóneme. Pero nunca pensé que Julia pudiera negarse a hablar conmigo.
- Pues ha podido- dijo el hombre sin ocultar su satisfacción, y luego, cambiando de tono:- Bueno, ¿quieres algo más?
Se produjo un silencio al otro lado de la línea. Luego, la voz del joven empezó a hablar de manera entrecortada.
- Hágame un favor… Dígale… Dígale que me perdone, que no fue mi intención hacerle daño. Que me equivoque. Dígale que la quiero, que la querré siempre, que la necesito.
El joven se calló de repente, como si hubiera agotado todas sus fuerzas, y sólo se oyó su anhelante respiración.
- ¿Algo más? – pregunto de nuevo el hombre con el mismo tono que emplearía un dependiente que atiende a un cliente.
- No, nada más- contestó la voz del joven con acento desolado.-Se lo dirá, ¿verdad?
- Sí, desde luego.
Entonces, el hombre colgó bruscamente sin dar mayores explicaciones.
Sonrió muy alegre y volvió a rascarse la axila. Con paso cansino, se dirigió al sofá donde pocos minutos antes dormía placidamente.
En el momento en el que cerraba los ojos, se abrió la puerta y una chica de unos dieciocho años entró en la habitación con gesto alterado.
- ¿Con quién hablabas, papá? ¿Quién ha llamado al teléfono?-preguntó con voz angustiada.
El hombre se rascó la axila por tercera vez y con voz tranquila, bostezando, dijo:
-No era nadie conocido, Julia. Alguien que se había equivocado.
El teléfono sonó en mitad de la tarde. Era verano. Las ventanas estaban cerradas y las cortinas echadas. La habitación estaba sumida en una suave penumbra que invitaba al sueño.
Ring, ring.
El hombre que dormitaba en el sofá emitió un gruñido. Estaba descalzo y llevaba una camiseta sin mangas. Bostezando, se rascó una axila con molicie y, haciendo un esfuerzo, se puso en pie.
Una de sus peludas manazas arrancó el auricular del teléfono.
- Diga- dijo con voz bronca.
- Buenas tardes- dijo la voz de un joven con tono muy educado. - ¿Está Julia?
El hombre frunció el ceño y adoptó un gesto adusto y severo. Durante unos segundos, permaneció en silencio. Luego, con voz impersonal, dijo:
- Un momento. ¿De parte de?
- Roberto. Dígale que soy Roberto.
El hombre sonrió satisfecho. En su semblante apareció una expresión brutal y un tanto enigmática.
Apartó el auricular de su boca, aguardó un minuto en completo silencio y volvió a ponerse al teléfono.
- Julia dice que no quiere ponerse- anunció con aire triunfal.
- ¿Cómo? No es posible-dijo con tono incrédulo la voz del joven.
- Oye- dijo ofendido el hombre-, ¿no me estarás llamando mentiroso?
- No, no es eso, perdóneme. Pero nunca pensé que Julia pudiera negarse a hablar conmigo.
- Pues ha podido- dijo el hombre sin ocultar su satisfacción, y luego, cambiando de tono:- Bueno, ¿quieres algo más?
Se produjo un silencio al otro lado de la línea. Luego, la voz del joven empezó a hablar de manera entrecortada.
- Hágame un favor… Dígale… Dígale que me perdone, que no fue mi intención hacerle daño. Que me equivoque. Dígale que la quiero, que la querré siempre, que la necesito.
El joven se calló de repente, como si hubiera agotado todas sus fuerzas, y sólo se oyó su anhelante respiración.
- ¿Algo más? – pregunto de nuevo el hombre con el mismo tono que emplearía un dependiente que atiende a un cliente.
- No, nada más- contestó la voz del joven con acento desolado.-Se lo dirá, ¿verdad?
- Sí, desde luego.
Entonces, el hombre colgó bruscamente sin dar mayores explicaciones.
Sonrió muy alegre y volvió a rascarse la axila. Con paso cansino, se dirigió al sofá donde pocos minutos antes dormía placidamente.
En el momento en el que cerraba los ojos, se abrió la puerta y una chica de unos dieciocho años entró en la habitación con gesto alterado.
- ¿Con quién hablabas, papá? ¿Quién ha llamado al teléfono?-preguntó con voz angustiada.
El hombre se rascó la axila por tercera vez y con voz tranquila, bostezando, dijo:
-No era nadie conocido, Julia. Alguien que se había equivocado.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
